Capítulo 6: La sombra del caucho
La casa en Ovejas era un refugio y una promesa. A la derecha, un colegio de primaria llenaba el aire de risas infantiles; a la izquierda, el supermercado IDEMA, con su bullicio de pueblo. Pero lo más hermoso era el árbol de caucho, inmenso, cuyas ramas proyectaban una sombra que parecía abrazar el mundo. La casa donde había existido un comedor comunitario para los abuelos tenía dos pasadizos largos sostenidos por postes de cemento, un pozo de agua subterránea al final, un baño escondido detrás, y un depósito donde se guardaban ollas, platos y utensilios de cocina. La cocina, amplia, con dos mesones y una alberca, se conectaba a una habitación grande que sería nuestro cuarto, un espacio donde mis hermanos y yo corríamos y jugábamos. Allí nació Margarita, mi hermana menor, y la subíamos a una caja de cartón que rodábamos por el salón, riendo como si la pobreza no pudiera tocarnos.
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| El Refugio de Ovejas: Bajo el Caucho, Entre Risas y la Promesa de un Nuevo Hogar |
María encontró trabajo en una empresa de tabaco, pero cuando no había empleo, lavaba ropa ajena a mano. Tulio, con su uniforme de vigilante o barredor de parques, traía algo de estabilidad, pero su adicción al juego de cartas y dominós devoraba el dinero. Compraba cosas para el hogar, solo para empeñarlas después, dejando a María llorando en silencio mientras fregaba. Yo la veía, sin comprender su dolor, pero sintiendo su peso. Los vecinos, sabiendo que ocupábamos una casa invadida, incitaban a sus hijos a arrojarnos piedras. Una me golpeó la frente, dejando una cicatriz que aún llevo, un recordatorio de que el mal existe, incluso en los corazones pequeños.
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| El Ciclo del Empeño: Lágrimas, Tabaco y la Cicatriz que Recuerda el Mal |
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