Capítulo 7: Las veredas y los fantasmas
Los fines de semana, escapábamos a la casa de mi tía Bertha, un oasis de corredores altos y patios amplios donde el calor de los cuarenta grados se disipaba bajo la brisa. Con mi prima Stella, nos acostábamos en el corredor a mirar las nubes, imaginando formas y destinos, hasta que el sol marcaba nuestras frentes con su fuego. El patio, de arena, estaba lleno de árboles frutales, y con mis primos robábamos mangos y guayabas, huyendo de las varitas de totumo con las que mi tía nos perseguía, riendo y regañando.
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| El Oasis de la Tía Bertha: Nubes, Mangos Robados y la Alegría de la Persecución |
Las visitas a las veredas eran aventuras épicas. Caminábamos o montábamos burros para buscar yuca y ñame, pasando por lagunas de agua llorada donde, según los viejos, los espectros de mujeres lavanderas aparecían en ciertas noches. Una vez, por curiosidad, tomé un fruto redondo, café, cubierto de espinas finas: el ojo de buey. Sus púas se clavaron en mis dedos, un dolor que tardó días en desaparecer, pero que me enseñó que incluso lo bello puede herir. En otra ocasión, jugando con Stella, nos separamos del grupo y nos topamos con una manada de ganado. Una vaca furiosa nos persiguió, y corrimos entre maleza y caminos empedrados, gritando hasta que mi tía, con un palo y un grito, la espantó. Las veredas, con sus casas de bahareque, fogones de leña y hamacas donde los grillos cantaban, eran un mundo de raíces y magia, un refugio que aún vive en mi memoria como un sueño.


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